Una vida entre Cintas

CON-ELE

Juan Carlos Bonomo conoció su vocación comercial cuando tenía 13 años y, a medida que crecía, ese latir profesional se iba haciendo cada vez más fuerte. Cuando finalmente comenzó a
liderar su empresa, hace más de tres décadas, no sólo se reencontró con esa pasión: también descubrió en su mujer a la gran socia de su vida.

A Juan Carlos Bonomo, hubo un ritual que le cambió la vida. No sólo no lo supo en aquel momento: en realidad, era demasiado chico para distanciarse del mundo lo suficiente y comprender que ese rito que iba cristalizándose por esos días le dejaría huellas de las imborrables y de las grandes. Tenía 13 años: la ceremonia comenzaba cada sábado, cuando viajaba a su Justo Daract natal desde San Luis, donde estudiaba el secundario, para visitar a su familia y ayudar en la carnicería que tenía su cuñado, Mario y su hermano Carlos; los domingos, de regreso a la capital puntana, el ritual le daba paso a la rutina semanal hasta volver a actualizarse la semana siguiente. En la carnicería, que era donde sucedía toda la magia, Juan Carlos hacía de todo:
diferenciaba los cortes, cortaba la carne, atendía a sus vecinos del pueblo y todo lo que hiciera falta. Lo que fue moldeando su vocación sucedía detrás del mostrador y durante cada visita a la hacienda donde se compraba la carne. Carlos y Mario, de a poco iban esculpiendo en el pequeño una pasión que él descubriría bastante tiempo después. “En la carnicería aprendí a vender: me
encantaba. Yo los acompañaba a comprar las vacas y los veía en acción. Ellos sabían calcular el peso de cada animal, porque entonces no había balanza, y también sabían cuánto valía cada uno y cómo hacer para llevárselo. Yo los miraba hablar y aprendía las virtudes de un buen vendedor”, repasa Juan Carlos en su viaje en el tiempo.


Es que Juan Carlos, que hoy tiene 69 años, ya lleva más de tres décadas al mando de su propia empresa: ConEle, que importa y comercializa cintas de regalo, moños y otros productos vinculados a decoraciones y florerías. Y, sin embargo, para rastrear el origen de esta experimentada carrera en el rubro hace falta viajar hasta esos primeros momentos junto a su cuñado y su hermano; a esas lecciones de trato, comunicación y estrategias que, aún sin tener entonces esos nombres, lo educaron en el mundo del negocio, en tiempos en los que el dinero era una variable inexistente para él. “No lo hacía por la plata: lo hacía por amor, por condición. Mario y Carlos me daban una camioneta para que los ayudara y en esos años nadie tenía una. A mí me gustaba andar con la
camioneta. Eran cosas que en ese tiempo valían mucho y, además -destaca, Juan Carlos, entre lo inolvidable- ellos ayudaban a mi madre”. Es que, en aquel momento, el lugar que ganaba en
la carnicería coincidió con uno de los momentos más difíciles de su vida: la muerte de su papá, que falleció cuando él tenía 14 años. Ser parte de esa pequeña empresa familiar, sentirse útil en un proyecto que alentaba la economía familiar, saberse esperado cada sábado para cumplir con las tareas a su nombre, fue, sin dudas, un sostén para salir adelante. “Mis hermanas son más grandes, pero el único varón de la familia pasé a ser yo. De un momento para otro, me volví el hombre de la casa. Estar en la carnicería me ayudó, me dio fuerzas… Tanto como mis cuñados, que
fueron como unos padres”.
Aquel entrañable rito, por aquellos años, no fue más allá de su importancia del momento. Juan Carlos sabía que su papá, trabajador ferroviario, quería “que el nene estudiara”. Su mamá, para hacerlo posible, fue la que más se esforzó, por él y por sus hermanas. Y Juan Carlos les dio el gusto a los dos cuando egresó como ingeniero electromecánico de la Universidad de Cuyo. Su mamá llegó a verlo conducir su propia empresa, bautizada entonces Consultora Electromecánica, antepasado y origen del nombre de la actual ConEle. La posibilidad llegó durante un trabajo suyo como empleado de una obra para la que hacía construcciones eléctricas: el dinero que ganó se convirtió en el primer capital de su propio emprendimiento, en tiempos en los que ni siquiera se hablaba en esos términos. Ni el propio Juan Carlos comprendía el alcance real de la iniciativa que estaban construyendo su cabeza y sus manos: “El trabajo, rápidamente, nos hizo adquirir ocho vehículos, y llegué a tener 20 empleados a cargo. Al principio, no me daba cuenta de lo que significaba comenzar una empresa ni comprendía la dimensión que tenía. Cuando empecé a
crecer y, sobre todo, cuando nos ofrecieron el negocio de las cintas, ahí empecé a darme cuenta”.
Aquel “negocio de las cintas” es, justamente, la empresa que capitanea desde hace más de 30 años. Implicó dejar el trabajo como ingeniero electromecánico para introducirse en un rubro desconocido -como el de la papelería- y explotar un perfil empresarial olvidado: ese que, casi 30 años antes, había cultivado en la carnicería de sus cuñados. “Teníamos una empresa de electrificaciones y nos ofrecieron ser importadores de cintas: al principio, no quería saber nada con dejar la empresa para dedicarme a ese rubro comercial. Me parecía un negocio de mujeres,
no de varones. Éramos machistas… Pero al final nos embarcamos y, cuando empezamos, vimos que nos sacaban el producto de las manos. Lo que sí recuerdo es que a quien le gustó la idea desde un principio fue a mi mujer”.
Aquí es necesario hacer un punto y convocar la atención, como en esas secuencias de película en las que la música crece y el ritmo le anuncia a nuestros sentidos que se viene algo importante. Aquí, en la vida de Juan Carlos Bonomo, en la carrera empresarial de este puntano, capitán de una firma que le proveyó el moño a miles de sueños con forma de regalo, lo (más) importante fue Nelly, su mujer. Y contar su historia no es posible sin contar la de ella. O mejor dicho: esta historia les pertenece a los dos. Por eso no podría prescindir de aquel baile en el que se conocieron, hace 42 años, cuando ella viajó a San Juan, donde él estudiaba. Ni tampoco podría obviar el día en el que él conoció Mendoza por primera vez, la ciudad donde terminaría eligiendo vivir y que lo albergó con lo mejor: su gente. “Cuando viajé a Mendoza, me enamoré de su familia y después me enamoré de ella”, recuerda Juan Carlos. A los tres años de novios, se casaron y, entre la nueva vida que iban descubriendo juntos, se les reveló que el trabajo también podía ser una instancia compartida. “Nelly se fue entusiasmando con ser parte de la empresa con
los años. Ella ha sido la contadora de ConEle y también la encargada de las compras. Es quien se ocupa específicamente de las cintas y elige los motivos. Es raro encontrar alguien con quien uno se lleve bien en todo y por tantos años: en la casa, con los chicos, en la empresa… Era imposible, cuando nos conocimos, imaginarme que iba a terminar siendo mi gran compañera de trabajo”.

El trabajo con su empresa, agradece Juan Carlos, le permitió conocer todo el país. Y aunque recuerda haber viajado incluso hasta Ushuaia, allá donde se termina el continente, la provincia que más le gustó de todas es Córdoba, aun cuando no sabe bien porqué. La posibilidad de conocer lugares y personas es la dimensión de su profesión que más ha disfrutado. Quizás, porque allí también, en la posibilidad de un viaje, esa huella de su vocación, la que había nacido como vendedor junto a su cuñado, se actualizó y se hizo más grande. La anécdota -como todo recuerdo importante- a Juan Carlos le arranca una sonrisa: “Cuando terminé la Universidad, me pagué el viaje de egresados a Europa vendiendo rifas. Lo pude costear con eso. A mí y a mis compañeros
nos dieron la posibilidad: había que vender 500 números para obtener el pasaje y la rifa era más bien cara. La mayoría de mis compañeros no logró vender todos, muchos terminaron comprando los números o pagándose el viaje. Yo les vendía a mis parientes, a los empleados públicos, a compañeros de la facultad, a la familia de mi suegro, a mis amigos… A todo el que veía, le ofrecía la rifa. Al cabo de un año, vendí todos mis números y todavía 100 más para ayudar a un amigo. Fue una felicidad bárbara poder viajar: fuimos a Alemania, Suiza, Inglaterra y España. Gracias a esas rifas, pude conocer Europa; de otro modo, yo no habría podido, porque en casa no tenían posibilidades de pagarme ese viaje. Ahí, además, me di cuenta de que si no andaba como ingeniero, podía funcionar como vendedor”.
ConEle, a Juan Carlos, también le permitió compartir el trabajo con algunos de sus hijos. Aunque Ariel y Cintia rumbearon sus profesiones por otros horizontes, sus hermanos Valeria y Leonardo materializaron su vocación de enólogos en un proyecto común junto a su padre. La empresa familiar echó raíces en el rubro vitivinícola y, hace unos años, comenzó sus primeros pasos en la exportación de vinos a todo el mundo. Cuando toca negociar, seguramente los hijos recuerden los consejos del padre. “No cualquiera puede vender: hay que tener paciencia, carisma, buena predisposición. Insistir también es muy importante. Y la confianza es fundamental en el trato: todo empieza cuando el otro cree en tu palabra. Justamente, muchos de mis grandes amigos comenzaron siendo clientes”, revela Juan Carlos.
De todas las cintas que vendió Juan Carlos Bonomo, hay una, la más linda y brillante, que se reservó para envolver imaginariamente aquel que cree que ha sido el mejor regalo que la vida le obsequió. Si tuviera que elegir la más linda sorpresa de su vida, Juan Carlos, ¿cuál sería? “Mi mujer, Nelly, porque es quien me daba la paz y la felicidad cada vez que entraba a casa. Y no sólo me dio mis cuatro hijos: es mi gran socia. En mi vida, ella ha sido algo excepcional”. Quizás, sólo había que estar más atentos y la melodía escondida en el nombre de la empresa habría develado el misterio desde el principio: que para Juan Carlos, ConEle sólo era posible con Nelly.